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Mi madre, Margot Chavanel, nacida en la ciudad francesa de Nancy en el 42, era una mujer como la mayoría de madres a los ojos de sus hijos: Generosa, bella, sabia y fuerte. Y a mi entender en lo único que se equivocó fue en convertirse al judaísmo para satisfacer a la familia de su futuro marido, mi padre. Equivocación porque aunque bautizada en el catolicismo, no creía realmente en ninguna divinidad y se declinaba por un agnosticismo discreto que la alejaba de discusiones y radicalismos, pero su conversión la llevó a pasar por un procedimiento largo que iba en contra de sus principios liberales y la obligaron a llevar un tipo de vida –en ciertos aspectos- dirigida por una cultura que no era la suya. Pese a ello fue una mujer feliz, independiente y serena.
Mi madre, Margot Chavanel, nacida en la ciudad francesa de Nancy en el 42, era una mujer como la mayoría de madres a los ojos de sus hijos: Generosa, bella, sabia y fuerte. Y a mi entender en lo único que se equivocó fue en convertirse al judaísmo para satisfacer a la familia de su futuro marido, mi padre. Equivocación porque aunque bautizada en el catolicismo, no creía realmente en ninguna divinidad y se declinaba por un agnosticismo discreto que la alejaba de discusiones y radicalismos, pero su conversión la llevó a pasar por un procedimiento largo que iba en contra de sus principios liberales y la obligaron a llevar un tipo de vida –en ciertos aspectos- dirigida por una cultura que no era la suya. Pese a ello fue una mujer feliz, independiente y serena.
Su mayor placer era la literatura y a través de ella consiguió desde niña,
tener una capacidad asombrosa de compresión hacia cualquier actitud humana,
hacia todo modelo de sociedad, y hacia sí misma, aceptando sus errores y
defectos como compañeros fieles en su viaje.
En los últimos años de vida, en la residencia de Nancy a la que quiso
retirarse, pasaba las tardes –siempre las tardes- subrayando frases escogidas
de sus libros preferidos, y dedicando cada uno de ellos a aquellos familiares y
amigos a quienes había decidido legarlos.
Y a mí, tal vez a modo de lección, de aprendizaje, de ejercicio para saber
seleccionar de lo que me rodee lo que más bien me haga, me dejó el Talmud con
el que se presentó ante la corte de la Beit Din y prometió su adherencia al
Halachá.
Y la frase que intuyó podría ayudarme en mi existencia, fue la siguiente:
“No vemos las cosas tal y
como son... las vemos tal y como somos”.
