Mi bisabuelo,
Jurgën G. Weimberg, nació en Baviera en 1864, poco antes de la unificación
alemana. Pertenecía a una acomodada familia de intelectuales, por lo que fue
enviado a Harvard a cursar sus estudios de arquitectura, profesión que amó
hasta el día de su muerte.
En su primer año en
la facultad, conoció a John Jacob Astor IV, heredero de una de las mayores
fortunas estadounidenses (de hecho el abuelo de éste, fue el primer
multimillonario de la historia de la nación) y su amistad perduró por toda su
vida.
Astor era un tipo
inquieto: militar, inventor, escritor, empresario, y en todo lo que llevaba a
cabo, salía triunfante. Una novela de ciencia ficción que gozó de cierto éxito,
la invención de un freno para bicicletas que patentó, y la construcción de
hoteles tan importantes y afamados como el Astor (hoy Waldorf Astoria) o el
maravilloso y mágico Knickrbocker.
Fue en el segundo,
en la 42 de Times Square, donde mi bisabuelo pasó las mejores noches de su vida.
Allí se daba cita lo más selecto de la sociedad norteamericana, desde políticos
y escritores a científicos y artistas.
Tras disfrutar de las actuaciones de Caruso en el Metropolitan, compartían con
él las copas en los bajos del hotel, en el Country club, donde también se
divertían el mismísimo Theodor Roosvelt, Anna Pavlova, Charles Hamilton, Mary
Pickford o F. Scott Fitzgerald (muchas veces me pregunto cómo puedo descender
de alguien con esa alcurnia, mientras tomo mis quintos en la taberna de la
esquina… pero bien, esto es otra historia)
Jürgen, que
construyó decenas de edificios emblemáticos en la costa este de los Estados
Unidos, conoció a mi bisabuela en la recepción del hotel, una neoyorkina
pelirroja y pizpireta que buscaba trabajo como telefonista: Elisabeth McGeough (con
esta descripción, ya imaginarán de dónde provenía y el porqué de mi barba
rojiza)
Se casaron el mismo
mes del mismo año que John Jacob Astor IV y su segunda esposa, y los cuatro
emprendieron viaje rumbo a Egipto para pasar una larga luna de miel. Tras El
Cairo, visitaron París, y fue allí donde se vieron por última vez, ya que mis
bisabuelos pasarían una temporada en Baviera (entre otras cosas para engendrar
a mi abuelo) y los Astor regresaban a Nueva York en el lujoso Titanic (el mismo
en el que embarcó Leonardo di Caprio y con idéntico final)
Lamentablemente tampoco
hay bien que cien años dure, y con el fallecimiento del heredero y la posterior
llegada de la Ley Seca, el Knickbocker Hotel, fue olvidando el brillo y glamour
que desde su apertura le caracterizó (Situación que puedo entender, ya que yo
sin mi Dewar’s White Label, también pierdo mucho)
Jürgen volvió
alguna vez a la gran manzana, pero se instaló definitivamente en Münich, hasta
que en 1937, supervisando los trabajos de restauración del castillo de Schleissheim,
quedó aplastado bajo el busto de mármol del príncipe Maximiliano II Emanuel de
la Baviera.
No hubiera escrito
sobre esta historia de no haber sido porque hoy mismo, en un diario nacional,
he leído la noticia de la reapertura del Knickrbocker Hotel, y al ver en la
portada su fachada Beaux Arts, icono inconfundible de Manhattan, he girado la
vista hacia mi salón y la he centrado en esa vieja fotografía (única herencia de los
Weimberg) en la que Jürgen y Elisabeth, posan sonrientes en su entrada junto a
Astor, Caruso, Fitzgerald y el mismísimo
Theodor Roosvelt.

Creo que su historia da para mucho y que solo ha ofrecido una pincelada a grandes rasgos , como una acuarela que va dejando detalles marcados e importantes , pero que de momento no profundizan más que lo justo y necesario. En estos momentos ya dudo de que sea psicoanalista o escritor. Fíjese usted que me decantaría más por la opción de escritor .
ResponderEliminarMe ha gustado mucho ( en general todo ) , pero sobre todo sus finales los considero sublimes...
"...he girado la vista hacia mi salón y la he centrado en esa vieja fotografía (única herencia de los Weimberg) en la que Jürgen y Elisabeth, posan sonrientes en su entrada junto a Astor, Caruso, Fitzgerald y el mismísimo Theodor Roosvelt. "
Un Saludo y un placer.
Le dejé una sencilla pregunta en el post anterior.
EliminarLos finales son lo que uno acaba recordando de toda historia.
El placer es mío.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarApreciado Toro,
EliminarSu bisabuelo, como todos, tendría un saco de historias con las que alucinaría. En el campo o en Times Square una vida está llena de sorpresas.
Y todo.
Todo de todo.
Wow. Solo eso. Wow.
ResponderEliminarA veces con una sola palabra, basta.
EliminarMe encanta el estilo "Sherezade" (a lo Murakami) de su entrada. Nos azuza las papilas gustativas de la curiosidad para que nos enganchemos a la (su) historia. Y pienso para mis adentros (y hasta para mis afueras) ¡quiero más, quiero más!
ResponderEliminarUn placer conocer parte su árbol genealógico; su origen. Satisfacción al leerle.
Y ahora una petición (diga que sí por favor, por favor): dispóngame (si tiene a bien) un sofá cómodo que entre lo que usted nos explica/comparte, la riqueza de las aportaciones de quien comenta, las conversaciones (tecleadas pero conversaciones al fin y al cabo) entre ustedes, intuyo (sé) que voy a disfrutar lo indecible. Me acomodo y lista para aprender (ojiplática me hallo/quedo). Para compensar... ¿hace unas aceitunitas con esos quintos?!Corren de mi cuenta!(ooooooooo) (son rellenas de anchoa oiga).
Querida Maribel, sofá, diván, silloncito y taburetes, lo que usted guste.
EliminarEl café y los croissants corren de mi cuenta, faltaría más con esa emoción e interés que me demuestra.
(a las aceitunitas y los quintos, tampoco les hago ascos)
;)
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar