martes, 18 de agosto de 2015

De mis enseñanzas


Música para este post

Mi madre, Margot Chavanel, nacida en la ciudad francesa de Nancy en el 42, era una mujer como la mayoría de madres a los ojos de sus hijos: Generosa, bella, sabia y fuerte. Y a mi entender en lo único que se equivocó fue en convertirse al judaísmo para satisfacer a la familia de su futuro marido, mi padre. Equivocación porque aunque bautizada en el catolicismo, no creía realmente en ninguna divinidad y se declinaba por un agnosticismo discreto que la alejaba de discusiones y radicalismos, pero su conversión la llevó a pasar por un procedimiento largo que iba en contra de sus principios liberales y la obligaron a llevar un tipo de vida –en ciertos aspectos- dirigida por una cultura que no era la suya. Pese a ello fue una mujer feliz, independiente y serena.

Su mayor placer era la literatura y a través de ella consiguió desde niña, tener una capacidad asombrosa de compresión hacia cualquier actitud humana, hacia todo modelo de sociedad, y hacia sí misma, aceptando sus errores y defectos como compañeros fieles en su viaje.

En los últimos años de vida, en la residencia de Nancy a la que quiso retirarse, pasaba las tardes –siempre las tardes- subrayando frases escogidas de sus libros preferidos, y dedicando cada uno de ellos a aquellos familiares y amigos a quienes había decidido legarlos.

Y a mí, tal vez a modo de lección, de aprendizaje, de ejercicio para saber seleccionar de lo que me rodee lo que más bien me haga, me dejó el Talmud con el que se presentó ante la corte de la Beit Din y prometió su adherencia al Halachá.
Y la frase que intuyó podría ayudarme en mi existencia,  fue la siguiente:

“No vemos las cosas tal y como son... las vemos tal y como somos”.

viernes, 14 de agosto de 2015

Un poco de (mi) historia





Mi bisabuelo, Jurgën G. Weimberg, nació en Baviera en 1864, poco antes de la unificación alemana. Pertenecía a una acomodada familia de intelectuales, por lo que fue enviado a Harvard a cursar sus estudios de arquitectura, profesión que amó hasta el día de su muerte.

En su primer año en la facultad, conoció a John Jacob Astor IV, heredero de una de las mayores fortunas estadounidenses (de hecho el abuelo de éste, fue el primer multimillonario de la historia de la nación) y su amistad perduró por toda su vida.

Astor era un tipo inquieto: militar, inventor, escritor, empresario, y en todo lo que llevaba a cabo, salía triunfante. Una novela de ciencia ficción que gozó de cierto éxito, la invención de un freno para bicicletas que patentó, y la construcción de hoteles tan importantes y afamados como el Astor (hoy Waldorf Astoria) o el maravilloso y mágico Knickrbocker.

Fue en el segundo, en la 42 de Times Square, donde mi bisabuelo pasó las mejores noches de su vida. Allí se daba cita lo más selecto de la sociedad norteamericana, desde políticos y escritores a  científicos y artistas. Tras disfrutar de las actuaciones de Caruso en el Metropolitan, compartían con él las copas en los bajos del hotel, en el Country club, donde también se divertían el mismísimo Theodor Roosvelt, Anna Pavlova, Charles Hamilton, Mary Pickford o F. Scott Fitzgerald (muchas veces me pregunto cómo puedo descender de alguien con esa alcurnia, mientras tomo mis quintos en la taberna de la esquina… pero bien, esto es otra historia)

Jürgen, que construyó decenas de edificios emblemáticos en la costa este de los Estados Unidos, conoció a mi bisabuela en la recepción del hotel, una neoyorkina pelirroja y pizpireta que buscaba trabajo como telefonista: Elisabeth McGeough (con esta descripción, ya imaginarán de dónde provenía y el porqué de mi barba rojiza)

Se casaron el mismo mes del mismo año que John Jacob Astor IV y su segunda esposa, y los cuatro emprendieron viaje rumbo a Egipto para pasar una larga luna de miel. Tras El Cairo, visitaron París, y fue allí donde se vieron por última vez, ya que mis bisabuelos pasarían una temporada en Baviera (entre otras cosas para engendrar a mi abuelo) y los Astor regresaban a Nueva York en el lujoso Titanic (el mismo en el que embarcó Leonardo di Caprio y con idéntico final)

Lamentablemente tampoco hay bien que cien años dure, y con el fallecimiento del heredero y la posterior llegada de la Ley Seca, el Knickbocker Hotel, fue olvidando el brillo y glamour que desde su apertura le caracterizó (Situación que puedo entender, ya que yo sin mi Dewar’s White Label, también pierdo mucho)

Jürgen volvió alguna vez a la gran manzana, pero se instaló definitivamente en Münich, hasta que en 1937, supervisando los trabajos de restauración del castillo de  Schleissheim, quedó aplastado bajo el busto de mármol del príncipe Maximiliano II Emanuel de la Baviera.

No hubiera escrito sobre esta historia de no haber sido porque hoy mismo, en un diario nacional, he leído la noticia de la reapertura del Knickrbocker Hotel, y al ver en la portada su fachada Beaux Arts, icono inconfundible de Manhattan, he girado la vista hacia mi salón y la he centrado en  esa vieja fotografía (única herencia de los Weimberg) en la que Jürgen y Elisabeth, posan sonrientes en su entrada junto a Astor, Caruso,  Fitzgerald y el mismísimo Theodor Roosvelt.  


jueves, 13 de agosto de 2015

Peligro



Hace unas semanas pasé unos días en un pueblecito del norte de Finlandia, Nellim; un lugar encantador, relajante y solitario. Una cafetería, una tienda, una iglesia ortodoxa y la casa de mi buena amiga Ingria Mäkinen, a la que conocí en Münich en los 90. Por aquel entonces ya salía con el que hoy es su marido, un pedazo de hombre en todos los sentidos: Grande, hermoso, bonachón, atento, sereno, generoso, amigable y sensible. Su único pero es que su coeficiente intelectual, andaba muy por debajo de la media. Ingria había tenido una infancia un tanto aciaga, un padre alcohólico, un padrastro agresivo, una madre ausente emocionalmente… por lo que, aun siendo una muchacha brillante en todas las facetas, la ternura, el mimo y la comprensión con que la trataba Erkki, fueron más que suficientes para que decidiera pasar el resto de su vida junto a él, en un hogar apacible, confiable y calmoso.

Durante muchos años y a través de llamadas telefónicas, cartas y posteriormente correos electrónicos, fue contándome de su quietud, de su mansa y plácida vida a orillas del lago Inari, y aunque siempre me dejaba con una sensación de paz, fui encontrando a faltar esa chispa que le conocí en la facultad, ese brillo en la voz, el entusiasmo, la ilusión, el color, la vida. Y me temí que las cosas con su marido, no fuesen del todo bien.

Sus comunicaciones se habían vuelto tan planas, que decidí visitarles y comprobar que no ocurriera algo más grave que un paso de las décadas rutinario y vacío.
La tercera noche, mientras ella cocinaba un delicioso kalakukko al estilo savoniano y yo la observaba desde el marco de la puerta, tuve el arrojo de preguntarle:

-         ¿Es grave, Ingria?
-         Mucho, Francis, es la absoluta falta de admiración. 

miércoles, 12 de agosto de 2015






Aunque llegué a España décadas atrás procedente de un lugar tan relativamente cercano como  Ingolstadt, me siento a menudo como un alienígena que se sorprende a diario con el mundo que le rodea. Y en particular con ustedes. ¿Qué tendrán en sus cerebros hombres y mujeres para hacer de este espacio tan amplio un lugar tan caótico?

No dejo de observarles y analizar sus comportamientos, conductas que me asombran para bien y para mal. Andares, sonrisas, discusiones, reflexiones y gestos que me seducen, asquean, inquietan y calman. Todo a la vez.

Pero me fascina conocerles y compartirles mis hallazgos.
Soy un tipo formal, nada más que eso.


Bienvenidos. Bienvenidas.